Tokio Blues

Oí hablar de Tokio Blues de Haruki Murakami un tiempo antes de conocer la existencia de Kafka en la Orilla. No le dí mayor importancia, el título me llamó la atención, el autor me provocaba simpatía, lo apunté en un lugar remoto de mi mente y dejé pasar el tiempo.

El jueves pasado entré en una librería y me pasé cuarenta minutos leyendo los lomos de los libros de los estantes. Pasé directamente de todos los tomos en tapa dura, que mi economía de estudiante no se puede permitir, y me sumergí en la búsqueda de no sé muy bien qué. Al ver Tokio Blues no hubo duda: necesitaba ese libro.

Lo empecé esta mañana, sábado, y lo acabé esta noche, sábado. Me he pasado todo el día absorbido por los pensamientos del protagonista, sumido unas veces en su tristeza y otras en su efímera felicidad. Me he sentido identificado con él, no por su tragedia sino por su búsqueda, o sus búsquedas: lo que nos hace encajar, lo que queremos, lo que queremos querer.

Sinopsis:
Mientras su avión aterriza en un aeropuerto europeo, Toru Watanabe, de treinta y siete años, escucha casualmente una vieja canción de los Beatles: de pronto, la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. Recuerda entonces, con melancolía y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor -y único- amigo de la adolescencia, Kizuki, y cómo el suicidio de éste les distació durante un año, hasta que se reencontraron en la universidad. Iniciaron allí una relación íntima, truncada, sin embargo, por la frágil salud mental de Naoko, a quien hubo que internar en un centro de reposo. Al poco, Watanabe se enamoró de Midori, una joven ativa y resuelta. Indeciso, acosado por los temores, Watanabe sólo experimentaba el deslumbramiento y el desengaño allá donde todo debía cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La insostenible situación le llevó entonces a intentar alcanzar el delicado equilibrio entre sus esperanzas y la necesidad de encontrar su lugar en el mundo.