Historias

Capítulo 3

Volví a la estación de autobuses desde los sueños del vagabundo para encontrarme mirando el mismo párrafo del libro que miraba una hora atrás. Ensoñación. Desde que sucedió recuerdo al vagabundo cada vez que mi vida se encuentra estancada, es como una señal que me dice que debo dar un paso adelante, que debo dejar de lamentarme. Hasta este momento no pensaba que estaba estancado. ¿Estoy estancado?

Tengo un trabajo en una librería que me ocupa todas las mañanas y los sábados completos. No me pagan demasiado pero suficiente para llegar a fin de mes y beber todo el té que quiera. Además, y creo que es la razón por la que no dejo el trabajo, puedo llevarme todos los libros que quiera mientras los devuelva en buen estado. Puedo rellenar mi triste vida con la de algún que otro personaje.

El tiempo que no paso trabajando lo paso leyendo, tomando cervezas con un viejo amigo o cafés con una vieja amiga. No es una vida triste, pero creo que a esto se le llama estar estancado. Aunque en algún momento todos acabamos estancados definitivamente ¿no?

Son las nueve de la tarde de un viernes cualquiera de noviembre, lluvioso, oscuro y frío. Llevo tres horas sentado intentando leer y no he avanzado apenas veinte hojas. Tengo los pies helados. Los pantalones anchos, la barba de tres días y los guantes sin dedos mantienen me integran en el mobiliario de la estación entre borrachos y vagabundos. Soy sin más. No existo.

Poso el libro en el asiento de mi derecha, mientras con una intento sacar el paquete de tabaco de mi bolsillo izquierdo. El libro se cierra con un sonido sordo, perdiendo la página, frenando mi gesto. Leo el título. "La conjura de los necios".
- Y que lo digas -- susurro.
Coloco un cigarro entre mis labios mientras guardo el paquete en el bolsillo.

A las nueve de la tarde de un viernes cualquiera de un mes cualquiera llegan y salen cerca de diez millones de autobuses con destino desconocido. Simplemente salen, después ya deciden dónde les apetece ir. O eso creo. El caso es que la estación a esta hora se llena de gente que no sabe si viene o va, ni si llega tarde, ni si siquiera llegará.

En medio de la marabunta pierdo la mirada mientras busco el mechero en el bolsillo derecho. Un viejo mechero de acero gastado con un cierre que cualquier día dejará de cerrar. Consigo sacar el mechero. Lo abro. Coloco el pulgar sobre la piedra y levanto la mirada mientras comienzo a hacer presión.
- No deberías fumar -- Me dicen dos ojos marrones.
Ojos marrones. Ojos marrones. Marrones.
- ¿Qué? -- Balbuceo.
- Que no deberías fumar, y además aquí dentro está prohibido -- Me repiten los ojos marrones.
Los ojos marrones son redondos y tristes. No están tristes, lo son, como lo son las comedias románticas antes de que empiecen a ser comedias. Ella es una comedia romántica. Me sonríe, o me sonríen sus labios, o se ríen de cara de bobo que debo tener.
Haciendo un esfuerzo consigo que mi cerebro alcance la velocidad suficiente para escapar a la gravedad de sus ojos y quitándome el cigarro de los labios respondo:
- Lo sé, ya me iba, lo enciendo dentro por el viento, ya sabes.
- Igualmente no deberías fumar. -- Dice llevándose una mano al pecho, sobre los pulmones. -- No es bueno.
Ella me sonríe y se gira para seguir su camino. Se gira tan lentamente que tengo tiempo de ver iniciar el movimiento a cada uno de sus cabellos, y juraría que alguno de ellos quiere quedarse conmigo. Ante tal insinuación por esa parte infinitesimal de su anatomía no puedo más que emprender algún tipo de acción.
- ¿Sale tu bus? -- Digo al aire mientras enciendo el cigarro.
- Sí, en dos minutos. -- Responde girando solo la cabeza mientras arrastra una pequeña maleta con ruedas y continúa su camino a diez pasos de mi.
- No te irás mucho con tan poco equipaje. -- Digo alzando la voz con la esperanza de que me escuche. Ella se para. Se da la vuelta. Coloca la pequeña maleta a su derecha y me sonríe. Labios rosas, casi del color de la piel, profundos ojos marrones y ese pelo negro. El pelo negro. Cada uno de sus cabellos me está sonriendo apoyado en sus hombros.
- Un par de días. -- Dice sacando la mano izquierda del bolsillo de los vaqueros y levantando dos dedos. V de victoria.
- ¿Hasta el domingo?.
- Hasta el domingo. - Sonríe.
- Hasta el domingo. - Contesto levantando la mano y haciendo un gesto de despedida. Ella comienza a reírse. Una risa sincera. Contando chistes soy único.

Ella se da la vuelta y sus ojos son lo último en girarse. La veo marchar enfundada en su chaqueta marrón y vaqueros azules, arrastrando la pequeña maleta. En cuanto la pierdo de vista cojo el libro y me levanto de la mugrienta butaca. Una rápida mirada al monitor que muestra las salidas me confirma como la persona más inteligente del lugar: sólo dos millones de autobuses salen con distintos destinos a esa misma hora.

Cierro el cuello de la chaqueta militar azul marino y comienzo a andar hacia la puerta. Saludo al guardia de seguridad y el vagabundo, que duerme en la máquina de fotos, me despide por mi nombre. El domingo sería un largo día de lectura.


Cinco Sentidos

He pasado el tiempo mirando el cielo. Las noches frías y lluviosas de invierno han envuelto mi cuerpo, te han llevado de mi lado y no te han devuelto. Siento una ausencia constante de alguien que no existe y creo querer aquello que quiero querer y, sin querer, hiero, porque no me importa en el mundo nadie más que quien digo, no quiero. Trabalenguas estúpido de un estúpido ciego, que vive en un mundo de luz, con un bastón roto y un perro lazarillo muerto, caminando entre cadáveres de oportunidades pasadas que ríen de miedo. Escucho pasar la vida tocando a muerto, con la sonrisa dibujada de aquellos que, con acierto, me dieron la espalda y olvidaron mi tiempo. Huelo el hedor putrefacto de los sueños que un día tuve y ahora sólo recuerdo, sin fuerza para volver a caer, duermo, y de tus heridas, en sueños, bebo tu amargo rencor de cada uno de tus miedos.


Capítulo 2

Eran las tres de la madrugada. Tenía dieciocho años. La noche había pasado como pasan tantas noches cuando tienes dieciocho y sales con los amigos de fiesta, o por lo menos como las pasaba yo por aquella época: hablando, haciendo algo que tú crees que es bailar, mientras el resto se pregunta qué es lo que haces, e intentando encajar en el que se supone que es tu lugar. En mi caso siempre he sido un cuadrado haciéndose pasar por círculo, y siempre he sentido los mazazos de Dios intentando ponerme en mi sitio.

Aquella noche había superado los límites de la monotonía y nos había empujado a acabar sentados en un banco de metal frío, en medio de la calle, sin nada más que hacer que mirar al cielo tapado por las copas de los árboles. Sólo quedábamos dos y no nos quedaban palabras. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del banco, mirando como el viento que helaba mis huesos movía las hojas del árbol. Sentía la chocolatina derretirse entre mis dedos: no tenía hambre. Recuerdo la hoja caer, seguirla desde el cielo hasta el suelo y verla parar en sus pies.

A primera vista parecía tener cincuenta años y otros tantos kilos de mierda encima. Vestía unos vaqueros azules, tan gastados que eran casi blancos, y una chaqueta de chándal negra y roja, por la que asomaban una camisa y un par de camisetas. Me costó entender qué es lo que estaba viendo, y creo que a él también le costó entender la escena de dos jóvenes tirados en un banco a las tres de la mañana.
- Hola - Dijo sin quitarme los ojos de encima y dibujando una extraña sonrisa.
- Hola - Respondió mi amigo a la vez que abría los ojos y se daba cuenta de la escena. Yo solo incliné la cabeza y él me respondió con el mismo gesto.

Pareció que no hacían falta más presentaciones, ni nombres ni fechas. Recuerdo al hombre de pie, siempre inclinado sobre su pierna izquierda, y recuerdo como su aliento a vino empezó a contar la historia de su vida, con la misma expresión en los ojos que tendría un condenado a muerte al leerle un cuento a su hijo la noche antes de la ejecución.

Aquella historia resonó en mi cabeza durante días, durante meses, durante años. Aquella historia, quizá, cambió mi vida. De todos los libros que he leido, de todas las personas con las que he hablado, de todos los momentos que he vivido, fue el monólogo de un vagabundo borracho el que me ha hecho como soy: dueño de mis errores.


Capítulo 1

Desaparecí hace tanto tiempo que ya no recuerdo cuanto llevo desaparecido. Ahora en las baldosas frías del mugriento suelo de esta estación perdida en una ciudad cuyo aire nunca respiraste: te siento. Siento como te pierdo, como te perdí y como te perderé cada segundo de todos los minutos que me quedan de vida. Eres para mi miles de millones de lágrimas de despedida.

El día que decidí abandonarte después de que me abandonases fue la más triste de las alegrías que he sentido. Recuerdo el sentimiento de liberación que me provocó el simple hecho de desordenar esas nueve coordenadas que te unían a mi y como, en un abrir y cerrar de ojos, tu recuerdo subió de mi corazón a mi cerebro y te enterré entre mil pensamientos. Allí encerrada no podrías golpear mi mundo cuando menos lo esperase, convirtiendo tardes de verano en mañanas de invierno, y podría visitarte sin miedo a que me hicieses daño. Ahora, tiempo después, sentado en esta estación me doy cuenta de que ya no habrá más mañanas de invierno porque solo quedan tardes en que la niebla lo cubre todo y el aire es hielo. Me he dado cuenta de que junto a ti enterré todos mis sueños.

Desde hace tiempo vengo a leer a este lugar. En mi estado gris me encuentro a juego con el mobiliario. Me siento en un banco de plástico, abro un libro cualquiera y leo. En menos de treinta segundos la gente alrededor se difumina y el sonido se apaga. Solo quedan las letras y mi voz interior empieza a hablar. Ya sea la historia o los pensamientos de alguien no queda nada más en mi. Solo un libro. Por un momento me pierdo entre el gris de las paredes y el suelo, me uno a las miradas perdidas de los viajeros, me dejo hipnotizar por los fluorescentes que paran el tiempo, salgo de mi mundo, un mundo en el que no te tengo, y viajo a un mundo en el que no estamos ni tú y yo, solo pensamientos.


Un Día Nublado

Ayer cuando desperté ya no te sentía. Algo había cambiado. Caminé, incrédulo, hasta el baño echando de menos el echarte de menos, sintiendo en mis pies el frío suelo de la mañana de octubre, y me paré frente al espejo. Aquel al que vi no era el de la noche anterior, con la barba de tres días parecía más viejo, estaba gastado, corroído por una melancolía de tres años, y era real. Era como ver una película europea después de llevar toda la vida viendo cine americano, grabadas a mayor velocidad parecen más bonitas, más vistosas, pero con esos colores vivos son irreales. Ahora mi cara tenía un color apagado, mi pelo un castaño mate y mis ojos el brillo triste del mar en día nublado. Mis lágrimas eran solo sal.

Pasé el día sin pensar en ti, y cuando, a media tarde, me llamaste para preguntarme, de esa manera tan casual que tienes, qué tal me iba la vida, tuve la fuerza suficiente para pedirte que si no sentías nada por mi por favor desaparecieras de ella. No fue como otras veces en las que mi cerebro te quiere olvidar y mi corazón lucha por hacerle entrar en razón dándole patadas a mi conciencia, esta vez el corazón estaba mirando fijamente a mi cerebro, asintiendo calmadamente. Ya no había dolor.

Y cuando colgué el teléfono no hubo arrepentimiento, ni siquiera pasaste un segundo más en mi cabeza. Seguí con mi vida. Fue tan fácil que resultó irreal poder seguir concentrado en el libro que estaba leyendo después de tu llamada, antes podía dar por perdido un día entero después de un mensaje tuyo.

Me acosté temiendo despertar del sueño y que la maldición de quererte hubiese tomado maneras mucho más irónicas de hacerme infeliz. No soñé, fue una noche negra, y cuando abrí los ojos no estabas allí. En ocho años, en un tercio de mi vida, no había habido día en el que no fueses mi primer pensamiento, en el que el recuerdo del olor de tu pelo a dos centímetros de mi cara no me hiciese echarte de menos allí donde o con quien durmiese. Era libre. Sólo te quería, como decías que me querías, ese amor de amigo que tan poco significa cuando has amado, ese amor que no duele, ese amor que permite el olvido.

Hoy mi cara tenía color de día nublado, barba de cuatro días y ojos con un poco de alegría.


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