Capítulo 1

Desaparecí hace tanto tiempo que ya no recuerdo cuanto llevo desaparecido. Ahora en las baldosas frías del mugriento suelo de esta estación perdida en una ciudad cuyo aire nunca respiraste: te siento. Siento como te pierdo, como te perdí y como te perderé cada segundo de todos los minutos que me quedan de vida. Eres para mi miles de millones de lágrimas de despedida.

El día que decidí abandonarte después de que me abandonases fue la más triste de las alegrías que he sentido. Recuerdo el sentimiento de liberación que me provocó el simple hecho de desordenar esas nueve coordenadas que te unían a mi y como, en un abrir y cerrar de ojos, tu recuerdo subió de mi corazón a mi cerebro y te enterré entre mil pensamientos. Allí encerrada no podrías golpear mi mundo cuando menos lo esperase, convirtiendo tardes de verano en mañanas de invierno, y podría visitarte sin miedo a que me hicieses daño. Ahora, tiempo después, sentado en esta estación me doy cuenta de que ya no habrá más mañanas de invierno porque solo quedan tardes en que la niebla lo cubre todo y el aire es hielo. Me he dado cuenta de que junto a ti enterré todos mis sueños.

Desde hace tiempo vengo a leer a este lugar. En mi estado gris me encuentro a juego con el mobiliario. Me siento en un banco de plástico, abro un libro cualquiera y leo. En menos de treinta segundos la gente alrededor se difumina y el sonido se apaga. Solo quedan las letras y mi voz interior empieza a hablar. Ya sea la historia o los pensamientos de alguien no queda nada más en mi. Solo un libro. Por un momento me pierdo entre el gris de las paredes y el suelo, me uno a las miradas perdidas de los viajeros, me dejo hipnotizar por los fluorescentes que paran el tiempo, salgo de mi mundo, un mundo en el que no te tengo, y viajo a un mundo en el que no estamos ni tú y yo, solo pensamientos.