Capítulo 2

Eran las tres de la madrugada. Tenía dieciocho años. La noche había pasado como pasan tantas noches cuando tienes dieciocho y sales con los amigos de fiesta, o por lo menos como las pasaba yo por aquella época: hablando, haciendo algo que tú crees que es bailar, mientras el resto se pregunta qué es lo que haces, e intentando encajar en el que se supone que es tu lugar. En mi caso siempre he sido un cuadrado haciéndose pasar por círculo, y siempre he sentido los mazazos de Dios intentando ponerme en mi sitio.

Aquella noche había superado los límites de la monotonía y nos había empujado a acabar sentados en un banco de metal frío, en medio de la calle, sin nada más que hacer que mirar al cielo tapado por las copas de los árboles. Sólo quedábamos dos y no nos quedaban palabras. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del banco, mirando como el viento que helaba mis huesos movía las hojas del árbol. Sentía la chocolatina derretirse entre mis dedos: no tenía hambre. Recuerdo la hoja caer, seguirla desde el cielo hasta el suelo y verla parar en sus pies.

A primera vista parecía tener cincuenta años y otros tantos kilos de mierda encima. Vestía unos vaqueros azules, tan gastados que eran casi blancos, y una chaqueta de chándal negra y roja, por la que asomaban una camisa y un par de camisetas. Me costó entender qué es lo que estaba viendo, y creo que a él también le costó entender la escena de dos jóvenes tirados en un banco a las tres de la mañana.
- Hola - Dijo sin quitarme los ojos de encima y dibujando una extraña sonrisa.
- Hola - Respondió mi amigo a la vez que abría los ojos y se daba cuenta de la escena. Yo solo incliné la cabeza y él me respondió con el mismo gesto.

Pareció que no hacían falta más presentaciones, ni nombres ni fechas. Recuerdo al hombre de pie, siempre inclinado sobre su pierna izquierda, y recuerdo como su aliento a vino empezó a contar la historia de su vida, con la misma expresión en los ojos que tendría un condenado a muerte al leerle un cuento a su hijo la noche antes de la ejecución.

Aquella historia resonó en mi cabeza durante días, durante meses, durante años. Aquella historia, quizá, cambió mi vida. De todos los libros que he leido, de todas las personas con las que he hablado, de todos los momentos que he vivido, fue el monólogo de un vagabundo borracho el que me ha hecho como soy: dueño de mis errores.