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El Fin de la CegueraEra una noche fría, como todas las noches desde aquel día en el que los besos se fundieron en lágrimas, pero en esta había algo distinto: el calor de una mano sobre la mía bajo aquellas estrellas serenamente frías. En la noche cerrada dos corazones latían viendo pasar el tiempo y surgir las risas. Quizá las estrellas miraban con cierta envidia el principio de algo sin nombre, quizá no había tiempo de mirar hacia arriba o quizá, simplemente, las nubes se habían quedado a observar en silencio y lo de allí arriba no eran estrellas. La noche era silencio. Caminamos perdidos entre calles sin dirección durante horas, buscando un lugar en el que nos daba igual estar, gastando el tiempo sintiendo nuestras manos unidas porque, hasta ese momento, no había unión, ni manos, ni tiempo. Aquella unión nos costó millones de años de miedos por los dos lados, y enterró otros tantos temores. Allí, habiendo ignorado todo lo que nos lo impedía, nos encontramos. Pasamos entre la gente como dos fantasmas sin rumbo, y acabamos llegando a un lugar sin nombre. Quizá ponía "Vida" pero ya no lo recuerdo. Entramos de la mano, ella primero, guiándome como quien ya hubiese estado allí. Y el silencio se convirtió en ruido, en música; la noche fría en calor, en humo; las estrellas serenas en luces, ¿en nubes? Andamos lentamente por nuestro nueva historia recién escrita, hasta que la tinta fresca nos hizo parar. Y nos miramos, y los corazones quedaron enfrentados, en lados opuestos latiendo a la vez. Miradas encontradas que creaban sonrisas de la nada. Siempre recordaré como esos ojos tristes me sonrieron por primera vez, como la mujer inalcanzable me dejó entrar, como, mientras estaba perdido en tu mirada, acercaste tu rostro y rozaste mis labios, mi alma y mi triste vida. De los besos se nos escapó el tiempo y la música se apagó en el silencio, la gente que nos rodeaba, inmóviles, y todo un mundo en blanco y negro, salvo tú. De tus labios surgió la tinta, que de arriba a abajo me devolvió el color y la vida, y entre tu pelo encontré tu risa. Abracé tus labios como un naufrago y recé a un dios en que no creo porque aquella noche no se acabase nunca. Comiéndonos el uno al otro pasó la noche, en la que mis labios tatuaban "te quiero" por todo tu cuerpo, dejando las marcas a puro fuego de una promesa tácita de amor eterno. Y al salir del bar en el que se quedaron mis miedos, agarrado a tu mano, deseando que el Sol no saliese nunca en nuestro cielo y terminara la noche en la que dejé de estar ciego, giré la cabeza y mi vista alcanzó a ver el nombre de aquel lugar, llamado: "Sueño".
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