Otro día más

Los despertares siempre le resultan difíciles. El paso de los sueños a la
realidad hecha de sueños, es su castigo diario. Sentarse en la cama entre los
fantasmas de un cuerpo despierto y una mente dormida, perder la mirada en la
pared de en frente intentando adivinar que se debe hacer a continuación;
decidiendo finalmente ir hasta la ventana para levantar la persiana y así
dejar entrar la luz del Sol, q se supone es lo mejor de las mañanas.

Esa mañana no hay ni una nube en el cielo y el Sol entra por la ventana
iluminando toda la habitación, aun así el día es gris. Todo lo ve a través
de su propia nube.

Decide dejar su discusión con la cortina y la persiana para más tarde, y a
tientas por el pasillo se dirige hacia el baño. El pasillo esta a oscuras,
solo iluminado por la luz q entra a través de su habitación, una penumbra
agradable q ayuda a dejar la mente en blanco. El pasillo mide mucho mas que de
costumbre, incluso está cuesta arriba. Los pasos se hacen cortos y pesados,
mirando a sus propios pies.

A la izquierda está la sala de estar, tristemente visible gracias a la luz de
ese maldito Sol que entra por las rendijas de las persianas. Esa sala de estar
en la que has pasado tantos años de tu vida viendo la televisión, leyendo,
perdiendo el tiempo, llorando y riendo con gente q merecía verte reír y
llorar. Ahora en la penumbra sólo parece el panteón de las risas que
compartisteis, o quizá volváis a compartir, porque como ella dice, con su
preciosa sonrisa y esos ojos oscuros iluminando su cara, "podemos ser amigos".
Ahora mirando hacia el sillón, se le dibuja una sonrisa inconsciente, irónica.
Es muy fácil dejarlo todo en una amistad, por lo menos para ella.

La cocina mejor ni mirarla, se presiente con solo acercarse. Gira la cabeza,
con calma, mientras se apoya con una mano en la pared del pasillo y,
mira hacia dentro de la cocina. Ayer no estaba lo bastante consciente para
recordar quitarse la ropa antes de meterse en la cama, pero si que lo
estaba para sacar la botella de agua de la nevera y dejarla en el medio de la
pequeña mesa de madera, rodeada de los restos del envoltorio de una tableta de
chocolate y migas de pan. Siempre que vuelve borracho come antes de irse a la
cama, se convirtió en una tradición en los días de universidad, ella también
estaba en esos días. ¿Y cuándo no ha estado?

Continuando el camino, acariciando con las manos las paredes del pasillo,
parece que el hígado no funciona igual que antes; después de 4 horas de sueño
aun se le mueven las paredes.
La puerta del baño. Aun huele a ella. Todo huele a ella. Abre el grifo del
agua fría y llenando sus manos, se moja la cara, no por higiene, es verdadera
necesidad de volver al mundo de los vivos. Levantando la cabeza él vuelve a
estar ahí, 24 años, barba de una semana, pelo castaño, corto y despeinado. La
peor cara que se ha visto en mucho tiempo. Sonríe. Al bajar la mirada su
cepillo de dientes sigue allí. Deja de sonreír. Ella compró dos
cepillos, el de él ya estaba muy gastado y de paso compró uno para ella,
pasaba más tiempo en esta casa que en la suya. Todo su tiempo lo pasaba ya
en la de él. La de ellos. Ahora solo de él. Hasta cambió las cortinas del baño.
Acabaría antes diciendo lo que no cambió. Ahora si ha cambiado todo.
Dijo que él era demasiado él y que la casa era demasiado suya. Cambió unas
cuantas cosas y resultó que así, a él, le gustaba más.

Entra en la ducha como bien puede y abre el grifo. Frío. No ha dado tiempo a
que el agua caliente. El gel de baño es el que a ella le gustaba, "así hueles
mejor" le dijo, y a él le pareció bien. El agua caliente le apaga las ideas
por un tiempo, le sumerge en un ensueño, las duchas se han convertido en algo
mecánico que hacer lo más rápido posible en las mañanas ajustadas de tiempo
antes de ir a trabajar.

Cuando sale de la ducha secándose el pelo con una toalla comprada por ella, no
puede evitar que la derrota vuelva a su rostro. Camina hacia la habitación,
desnudo, en la penumbra del pasillo, y al llegar prefiere no pensar en los
momentos pasados en ese lugar, ni en el porcentaje de ella que allí se
encuentra todavía.

Se viste con la ropa que cree recordar que ella no compró y con el pelo aun
húmedo, va a la cocina a intentar desayunar. Lunes. 7:55 de la mañana. Solo.
Se sienta en la silla y come las sobras del pan y del chocolate que empezó
hace apenas cuatro horas, cuando llegó a casa después de que un buen amigo le
dijese q lo mejor que podía hacer era dejar de beber y dormir, ya que
ahora estaba solo, por lo menos querría conservar el trabajo. Sabio consejo,
hasta totalmente borracho sabia que su amigo tenia razón.

La razón de las migajas de pan con chocolate, de una ducha mecánica, de un
vagar somnoliento por una casa en penumbra, llena de recuerdos y acosada por un
Sol impertinente, de un despertar traumático, de una noche perdida, de lo que
ahora es una resaca insoportable y antes fue una borrachera, de que un amigo
le acompañase cuatro horas de copas y de llantos; la única razón para él tiene
un nombre de mujer, el nombre de ella. Ella que ayer en un parque perdido de
la ciudad le dijo que ya no sentía, que algo había cambiado, que debía
ser sincera, a si misma, a él. Ella, en resumen, dijo que se acabó; él, en
resumen, lloró.

Ahora ya no llora. No llora porque por dentro la pena no le deja salir las
lágrimas. Ahora es un extraño en su casa, porque su casa ya no es suya, ella
cambió tantas cosas... Todo era de ella y a él le gustaba q fuese de ella.

Mira a su alrededor mientras mastica un trozo de pan. Todo está allí. Ella
está allí, cada parte de su personalidad, está allí. Piensa que ya ha estado
solo y que ya decoró la casa una vez. Podrá hacer q todo lo de ella vuelva a
pertenecerle, porque como los recuerdos, no tiene sentido deshacerse de lo que
es bonito. Si ella ha decidido que ese debe ser su camino, ojalá sea
feliz. Él no es feliz. Ya volverá a serlo.

Escrito de recuerdos, otro día más comienza.