Me encuentro muy mal físicamente. Desde hace unos días tengo mareos constantes y siento nauseas, que me quitan las ganas de comer pero no llegan a hacerme vomitar. No sé si habrá tenido que ver con dejar el café y todo lo que tenga cafeína de forma radical, tampoco creía que tomase tanto, aunque leyendo páginas de Internet especializadas parece que tenía todos los síntomas de un exceso de cafeína.
He conseguido levantarme para venir al trabajo tras horas en la cama despierto, tiritando de frío, soñando despierto contigo y deseando con todas mis fuerzas que todo esto sea una gigantesca broma de un dios en el que no creo.
Hace tiempo que no tengo ninguna salida de tono, ninguna bordería con nadie, no sé si por estar hecho mierda, por empezar a ver una salida a la carrera o porque antes pensaba el café por mi.
Ayer nos vimos, hablamos ligeramente, de forma distante y cordial. Esa cordialidad que tanto odio. Cada vez que te veo me da la impresión de que estamos más o más lejos, y de que es más imposible que jamás quieras nada conmigo.
Antes cuando yo tenía que estudiar también apartaba a la gente, en la época en la que íbamos y veníamos coincidió algún febrero o junio en el que desaparecí. Pero ahora... ahora eras tú lo que me hacía feliz, y al ser feliz se me hacía más fácil pasar horas y horas estudiando. Ahora todo esto es cuesta arriba. Por momentos te veo lejos, sin quererme, siguiendo tu vida como si yo no existiera y el corazón se me hace añicos.
Quizá no me di cuenta de la verdadera magnitud de lo que sentía cuando estaba contigo hasta aquella noche del 22 de diciembre, quizá me he merecido todo esto por no tratarte como de verdad merecías, por no quererte cada segundo, por no quererte constantemente y a veces dejarme llevar por la razón, por el pesimismo. Pero si todo es así, si los motivos por los que lo acabaste son distintos a que ya no me quieres todo es salvable. Así lo veo yo. Mientras quede algo en tu corazón no puedo dejar de luchar.
Te quiero.