El día que al salir de trabajar el viernes por la tarde, en esos cuarenta y cinco minutos que tenías para prepararte para el siguiente trabajo, venías a mi casa a hacerlo. Cuarenta y cinco minutos en los que intentaba cuidarte para que tu día fuese un poquito mejor, y la noche empezase bien. Uno de esos días me dijiste que tenías hambre, mirándome con esos ojitos, secador y cepillo del pelo en mano. Yo no tenía más que unas tristes mandarinas.
La cara de alegría que se te ponía cada vez que te daba un gajo de la mandarina, y que dejaba paso al instante otra vez a la cara de concentración en tu preparación. Cada gajo una sonrisa. Por cada una de esas sonrisas daría mi vida.