Recuerdo el día que nos empezamos a conocer, aquel día en el que hablamos durante horas en el Indio, el día en el que la cerveza se fosilizó en la botella mientras me contabas tu vida. Me encantaba escucharte, escucharte sin poder mantener la mirada en tus ojos azules. Era increíble, increíble. Fue la noche más rara y la mejor que recuerdo en mucho tiempo. La noche en la que creamos un lazo. La noche en la que me asusté de nuevo porque me podía enamorar de ti.
Fue ese el día en el que, al llamarme para ver en qué bar estábamos, tu teléfono se grabó en mi móvil. Ese teléfono que quemaba y me decía que te llamara.
Recuerdo el día que te llamé, y después de una conversación sin mucho sentido quedamos para que me dejases unos apuntes, pero sin los apuntes, y tomamos una cocacola, y nos reímos, y mi mundo no volvió a ser el mismo nunca más.