Recuerdo el día en que fuimos a por tu tabla. Cuando subí hasta Avilés en bus y desde allí comenzamos el viaje. Recuerdo ver cómo te acercabas con el coche y parabas en el semáforo a lo lejos, recuerdo la emoción de volver a verte aunque sólo hubiesen pasado unos pocos días.
El sabor de tus labios jamás lo podré olvidar, ni de ese día cuando me senté en el coche y los rocé ligeramente, ni el de ningún otro día cuando los adoré durante horas.
De ese viaje recuerdo millones de cosas, pero lo que me ha hecho escribir hoy es el recuerdo de esa playa de Avilés que me enseñaste. En la que caminamos por un camino de madera hasta una barandilla también de madera y miramos al mar, y nos besamos y miramos al mar, y nos besamos. Recuerdo haber pensado mil veces en ese mismo momento quitarme los playeros y correr hasta el agua contigo, y que no hubiese más viaje, simplemente quererte infinito en aquel instante. Recuerdo el cielo gris y tus ojos azules. Recuerdo la felicidad absoluta.
Quizá para ti no fuera nada, pero para mi lo fue todo. Ahora todos los días grises me recuerdan a esa playa. Todos los días tristes me recuerdan a lo feliz que era y no volveré a ser.
Cada día gris de mi vida me hace luchar un poco más por ti. Hoy es un día gris.