Mañana

Desperté de madrugada sintiendo el latido de tu corazón sobre mi mientras dormías, con tu cabeza sobre mi pecho y tu pelo negro con olor a melocotón envolviéndome. Envolviéndonos. Las estúpidas sábanas te tapaban, imitando las dulces curvas de tu cuerpo sin ropa, y duna tras duna se perdían en la oscuridad de tu cuarto, hasta llegar a tus casi invisibles pies descubiertos al pie de la cama.

Había una fina niebla sobre nosotros, como los restos de una batalla entre el frío del aire y el calor de tu cuerpo. Cada centímetro de tu piel quemaba contra la mía. Lo único que había entre nosotros era una fina capa de calor húmedo de mediados de agosto.

Recorrí con mi mano tres centímetros de tu piel, y cinco kilómetros de sueños, a lo largo de tu cadera y abriste los ojos. Levantaste la cabeza lentamente hacia mi y me miraste. Solo cuando muera olvidaré tus ojos, tan negros como mis sueños, tan profundos como todos mis miedos.

- Duérmete -- me dijiste -- mañana seguiré aquí.

Y mientras cerrabas los ojos el mañana dejó de tener misterio. La niebla que cubría nuestros cuerpos nubló mi mente y me hundió en el sueño, llevándome a donde no quería ir, ahora sin miedo.