Tiempo

Despierto cada mañana sintiéndome yo, sensación que dura aproximadamente treinta segundos, el tiempo que tardo en darme cuenta de quien soy, en recordar los últimos veinticuatro años, ponerlos en perspectiva, ver donde estoy, imaginar donde estaré, decepcionarme con las predicciones y mandarlo todo a la mierda.

Desde ese momento paso a un estado de vagar por la vida, sin que importe nada más que cuánto tardará en hacerse el té o a qué hora debería hacer la comida. En algunos momentos contemplar como se tiñe el agua alrededor de la bolsa de té durante veinte minutos, hasta que el agua está fría y el té no se puede beber, es el mejor momento del día, o lo sería si no fuese porque hay que volver a la realidad, esa que dice que has perdido veinte minutos mirando una taza.

En el fondo lo importante son los veinte minutos, y no la taza, o quizá sí lo sea la taza. Como el té, todo tiene su momento: los cinco minutos que tarda el té en hacerse son los cinco minutos más importantes de la vida, o podrían serlo si no hablásemos de té. Mientras ves acercarse el momento, viendo el agua cada vez más oscura, puedes pensar quién ha hecho que el té tarde exactamente cinco minutos en estar listo, no encontraremos la prueba de la existencia de Dios aquí, y plantearte dejarlo un minuto más. Ese minuto más, en el que no pasa nada, es el momento, el punto de inflexión, el n = 1 de la inducción, el que hace que nos conformemos con los nuevos seis minutos y queramos probar uno más, y de aquí al infinito. Los veinte se acercan volando. Y cuando llegan los veinte, los diecinueve o los dieciocho el té ya no es té, solo es agua con color. Alguien dirá: "Mételo en el microondas". El té se puede recalentar, la vida no.

El momento ha pasado, el propio tiempo se lo ha llevado.